lunes, 27 de marzo de 2017

'El canto de la raposa', de Rafael Alonso Solís

Uno, que es de natural ignorante, no tenía idea de quién era el autor, ni la Fundación Pedro García Cabrera, que avalaba la novela en la presentación el pasado 17 de marzo en el Ateneo de La Laguna (a juzgar por el nombre, debe de ser un sitio ilustre, solemne y añejo: prometo visitarlo algún día). Además, acompañaron al autor Inmaculada Cabrera (directora de la cátedra Pedro García Cabrera), Lydia Vázquez (profesora de la Universidad del País Vasco) Ignacio Cestao (no, yo tampoco lo conozco) y Juan Manuel García Ramos, catedrático de Filología Española, además de periodista/columnista y político muy nacionalista el resto del tiempo. No se exagera si se dice que García Ramos es una de las personalidades con más presencia en el mundillo literario de nuestra Comunidad, él mismo Premio Canarias de Literatura en 2006. A veces, uno se pregunta por qué en estas presentaciones hay tanta gente acompañando al autor. Bueno, para ser sincero del todo, lo que me pregunto es por qué se organizan presentaciones de novelas. Y, puestos a ser puntillosos, por qué acude gente, por poco numerosa que sea, a ellas. 

En la solapa del libro y en alguna noticia en la prensa y en la red, se nos explica con detalle los numerosos logros científicos y la amplia carrera académica del autor de El canto de la raposa, lo que debe de ser, en buena lógica, consecuencia de su esfuerzo y justificado motivo de orgullo y satisfacción. Asimismo, se relacionan todos los premios literarios que ha ganado, etc. Es de suponer que la mención a todos esos premios y a la carrera científica de Alonso Solís se debe, sin duda, a que los editores están convencidos de que a nosotros, los lectores, nos interesan mucho esos detalles y que estamos dispuestos a admirar por anticipado al autor si conocemos dichos laureles. Cualquiera diría que es un esfuerzo por crear un público predispuesto.

Llámenme malpensado.  







En fin, la novela nos narra el nacimiento y desarrollo de un personaje psicópata que comienza a asesinar por gusto y más tarde abandona el amateurismo para dedicarse a ello de manera profesional, por aquello de reunir ocupación y vocación, que dicen que es lo mejor que hay para no sentirse explotado en nuestra sociedad capitalista. Eso significa que te explotan igual, pero, al menos, te sientes bien. Más adelante, en cierta etapa de su vida, este personaje decide conocer sus orígenes, representados por una fotografía discordante, por lo que emprenderá una investigación cuyo final no desvelaremos.

Si hay algo que caracteriza a esta novela son las enumeraciones, las sinonimias, las explicaciones, las yuxtaposiciones: un grado de detalle asombroso y exasperante por igual. Podrían ser la antesala de un estilo barroco, denso e hipnótico, tal vez fascinante. De esas novelas cuyas reseñadoras predispuestas pueden decir que han quedado "hechizadas", "encantadas", "presas de un sortilegio", "atrapadas", etc. Sin embargo, me temo, El canto de la raposa se limita a ser aburrida, muy aburrida, tremendamente aburrida, mortalmente aburrida. Y eso no se le hace a un lector predispuesto, amistoso, voluntarioso, manso y dócil o bien hostil, remiso, problemático, salvaje, caprichoso o perezoso: da igual, todos somos lectores.

Se trataba de decidir el cómo y el cuándo, de seleccionar las condiciones ambientales, la hora del día, la banda sonora, el color del cielo, la forma de las calles y la familiaridad del lugar en que se desarrollaría la acción. Lo de menos eran el sujeto de la misma, su sexo, su edad o el color de su piel, toda vez que mi propia seguridad constituía un elemento primordial y que no tenía preferencias marcadas por el resto de los componentes del suceso. En realidad, lo importante era echarme a la calle de una vez y comprobar que mi dominio del medio, mi capacidad para ordenar los acontecimientos y mi control sobre los diferentes elementos que conformaban el espacio escénico, eran suficientes para iniciar la representación.



Podía tomar una decisión trágica en cuestión de segundos y valorar de inmediato todos los aspectos relacionados con un movimiento de mi mano, un paso, una atención o una mirada sigilosa. Para mi sorpresa, comprobé que mi seguridad no dependía de una planificación exhaustiva, de un análisis rigurosos o de una preparación que incluyera el control de todos los elementos implicados en el suceso, sino que era fruto de mi intuición, de mis sensaciones, de mi instinto depredador y, a veces, de una conjunción de señales y acontecimientos que me llevaban inevitable y plácidamente al final. A veces cerraba los ojos y jugaba a adivinar el paso de una víctima por su olor, el sonido de sus pasos o un indefinible hormigueo que me recorría la piel en todas las direcciones.



Sabía que le quedaba poco tiempo, puede que unas horas, y había decidido acelerar los acontecimientos metiéndose de lleno en el paisaje y eligiendo su lugar en la representación. Y cuál era ese lugar llevaba finalmente aparejada la aceptación de su destino, la inclusión resignada y algo nazarena en un drama cósmico al que le dirigían los designios jerárquicos, las leyes de la mecánica celeste, el río de las letras, el gran teatro del mundo en adaptación libre para la radio, la televisión, la red de redes y las supuestas vías de comunicación no verbal que ya sospecharon los clásicos orientales y occidentales, y que cualquiera podía poner en marcha mediante la ingestión de pócimas mágicas, el castigo corporal, la meditación, la peripatética o el baile de los derviches.


Espero que sigan ahí y no hayan claudicado. Es así todo el tiempo. No es solo que las listas, las enumeraciones, los sinónimos, las yuxtaposiciones, etc. aburran, hastíen, por su minuciosidad fútil, sino que no se aprecia una palabra, una frase que destelle, que brille como Literatura, como Arte, en definitiva. Hay palabras grises, frías y anodinas. Hay frases, unas tras otras, pero no hay color, ni vida, ni muerte, me atrevería a decir. Hay párrafos, puntos y seguidos y apartes, y poco más. Hay mucha gramática, pero poca novela. Hay, en definitiva, un intento de aprehensión del mundo interior del personaje en cuestión y de la acción que se queda en verborrea, en palabrerío que, a duras penas, mantiene a flote la narración, que se empeña sin descanso en disuadir al lector de seguir leyendo. Quizá el autor ha llevado a cabo un esfuerzo hercúleo por transcribir literalmente la mente del protagonista y no tiene más remedio que ser aburrido porque las mentes prolijas y minuciosas no pueden ser más que aburridas, ya se cuenten en primera o en tercera persona. Concedámosle el beneficio de la duda. No obstante, la novela no se beneficia nada de este logro.

Para morir es necesario estar con vida, y para nacer es preciso prehabitar algún lugar silencioso y vacío, en el que no existen palabras ni sonidos, en el que la ocurrencia, el suceso, la gravedad y el movimiento, son inviables y la acción carece de sentido. Ninguna de las dos caras existe sin la otra, porque solo desde el otro lado se puede comprender cada aspecto complementario. La muerte es una especie de puerta al fondo de una sala de espera. La vida es un balcón colgado del vacío desde el que, si nos asomamos, se puede sospechar, y a veces contemplar, la existencia del otro lado, explicarlo, describirlo, soñarlo y ponerle música. Entre ambas latitudes solo hay una leve y sinuosa relación de continuidad, como si una estuviese amorosamente implicada en la otra y la alimentara desde su posición de privilegio, la pintase de colores, se las borrase de un golpe, los difuminase a través de un proceso de comunicación recíproca, y los hiciera multiplicarse en un caleidoscopio fugaz, eterno y deslumbrante.

Por ese deseo totalizador, señalemos que el autor alterna, como ya se ha señalado, la primera y la tercera persona alternativamente en los capítulos. Hay una voz introspectiva y otra descriptiva. El tono y el estilo son, sin embargo, los mismos, por lo que los trazos del dibujo de personajes no se complementan, sino que se solapan. Algunos llaman a esto rompecabezas, cómo no, aunque tengo la sensación de que ese concepto no aporta ningún valor explicativo sino exculpatorio. Leemos un capítulo tras otro y el interés que ya comenzó bajo se vuelve subterráneo.

Además, como todas las novelas que no llegan, tiene un aire, qué digo, una ráfaga, un remolino, una corriente, una ventolera a ya visto. Quizás a De Quincey, pero más a todas esas novelas de asesinos en serie, a todas esas series de televisión de asesinos en serie, a todas esas películas de asesinos en serie que parecen todas la misma. Que asesinos en serie, haberlos, haylos, pero en manos de nuestro autor el fenómeno psicópata y el fenómeno conspirativo quedan reducidos a pastiche. Supongo que es difícil ser original en tales asuntos, pero esto apenas puede considerarse una excusa. También aparece en determinado momento una asociación criminal que se pretende tan antigua como la Historia y que, según se nos dice, ha marcado a su modo invisible y sangriento, los acontecimientos políticos de las sociedades humanas, modelando estas según los designios, nunca explícitos, de esta cofradía. Pues muy bien: vivan el determinismo histórico y la producción central planificada.

En fin, como toda novela de asesinos, de asesinos en serie, de psycho-killers, se produce un desenlace con sorpresa final que incluye alguna cosa que no es lo que parecía y tal y que debería parecernos decisiva. El autor no carece de ingenio ni de vocabulario para sacar adelante la trama, pero, a todas luces, no ha resultado suficiente para suscitar la atención, el interés, del lector. Habría que preguntarse qué aporta una nueva novela sobre psicópatas asesinos, qué aporta esta novela al conocimiento del ser humano, qué añade a la Literatura.

Alonso Solís, en su presentación, afirmó (según se cita en uno de los enlaces arriba insertados) que pretendía "plantear al lector la verdad acerca de la vida", lo que parece un tanto rotundo y, ya que a estas alturas nos gustan tanto las enumeraciones, una aspiración maximalista, pretenciosa y, además, imposible, sólo al alcance, quizá, de un/a dios/a o ente omnipotente y omnisciente. Tengo la impresión, además, de que el autor no está en disposición de plantear la verdad a nadie, porque todos nos habremos marchado antes de que haya terminado.





P.D. Para no ejercer de spoiler, como se dice ahora,  o de simple aguafiestas he tratado, con un esforzado despliegue de sutileza e inteligencia, de no revelar lo que el autor, a pecho descubierto, cuenta en una entrevista hecha por la editorial en la que publica. Ellos sabrán. 





3 comentarios:

  1. La crítica me ha resultado amena, entretenida, interesante, casi inspiradora, reveladora y, por qué no decirlo, instigadora de más lecturas en este blog y de ninguna del libro en cuestión.

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  2. Tanto adjetivo me llena de amor, cariño, ternura y satisfacción, dado que cuando decidí crear, comenzar o emprender este blog, cuaderno de bitácora, testimonio digital o encuentro entre seres humanos o, si a eso vamos, entes también extraterrestres, mi intención o propósito era estimular, difundir y, por qué no, promocionar el espíritu crítico.

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  3. Lo conozco y nunca fue la alegría de la huerta, pero esto es infumable. Me voy a tomar un ron jamaicano. Ciao.

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